La figura del general Juan Antonio Álvarez de Arenales, nacido en Villa Reynosa, España, el 13 de junio de 1770, es la mejor demostración de que la lucha iniciada por los patriotas americanos en 1810 no fue un simple golpe de mano por la implantación del librecomercio (versión mitrista de la revolución) sino que se trató de una guerra civil, “un gesto regional” diría Manuel Ugarte, en el que los sectores liberales adscriptos a las ideas de la revolución francesa, se levantaron contra el poder absolutista español tanto en América como en la península.
Huérfano de padre a los nueve años, Arenales ingresó a la milicia, sentando plaza de cadete en el Regimiento de Burgos, en 1784. Ese mismo año fue trasladado al Río de la Plata, al Regimiento Fijo de Buenos Aires, con el que tuvo su bautismo de fuego luchando en la otra orilla contra las incursiones lusitanas. Recordó él mismo al solicitar la ciudadanía argentina al Director Posadas: “En las dos ocasiones en que fue necesario resistir a las invasiones portuguesas defendiendo los terrenos de la Banda Oriental, acreditóse mi fidelidad, honor y patriotismo, por cuyos méritos conseguí llegar desde alférez a teniente coronel”.
Protegido del virrey Arredondo, en 1795 fue designado jefe y juez subdelegado en el partido de Arque, provincia de Chuquisaca, Alto Perú. Allí se destacó por su defensa de las oprimidas poblaciones indígenas. El historiador salteño Bernardo Frías lo llamará “el apóstol de los indios”, destacando que éstos “salían a esperarlo como genio prodigioso y benéfico, no existiendo un caso igual de veneración en los pueblos de América”.
Mientras se desempeñaba en ese cargo, estalló en Chuquisaca y La Paz “la gloriosa revolución” del 25 de mayo de 1809. Partidario del “nuevo sistema”, Arenales es designado comandante general de las fuerzas rebeldes. Sofocada la rebelión es tomado prisionero por los realistas y está a punto de perder la vida. Finalmente se le confiscan sus bienes y permanece más de un año encarcelado en las siniestras casamatas de El Callao. Evadido de esas mazmorras de triste memoria vive una serie de novelescas peripecias hasta llegar a la ciudad de Salta. Plenamente consagrado a la causa de Mayo se incorpora al Ejército del Norte, aún bajo el mando de Belgrano, y se destaca por su valiente desempeño en la batalla de Salta (20-2-1813). Es por entonces cuando solicita la ciudadanía argentina, la que le es concedida, al tiempo que Belgrano lo designa gobernador político y militar de la provincia de Cochabamba, a retaguardia del enemigo.
A raíz de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma (octubre y noviembre de 1813) debe retirarse hacia Santa Cruz de la Sierra, “al frente de 60 fusileros, cuatro cañones de pequeño calibre, algunos pocos jinetes y una inmensa muchedumbre armada de hondas y macanas que cubría la retaguardia y los flancos” (B. Mitre). A partir de allí, siguiendo expresas instrucciones de San Martín -el nuevo jefe del Ejército del Norte-, adopta la táctica guerrillera o guerra “de partidarios”, con la que va tener en jaque a los ejércitos realistas durante años. Por esos días le escribe a San Martín dándole seguridad de que “en lo general existe y existirá en todas estas Provincias la adhesión mas decidida a nuestro sistema principalmente en la gente pobre, cuya constancia es, a su vez, la más admirable y digna de elogio”.
El 25 de mayo de 1814 vence a fuerzas enemigas tres veces superiores en número, en el combate de la Florida. Es tradición que en ese combate estuvo a punto de perder la vida, debatiéndose solo contra once soldados enemigos y recibiendo en la ocasión catorce heridas de sable. Recién siete años más tarde, el gobierno nacional parece tomar conciencia del valor de esa acción armada y bautiza con el nombre de Florida a una de las más importantes (y europeas) calles porteñas.
Mientras tanto, Arenales siguió formando parte sustancial de la guerra de republiquetas (así llamada para diferenciarla de las montoneras del sur), al lado de revolucionarios surgidos del pueblo como Vicente Camargo, Manuel Ascencio Padilla, José Miguel Lanza, Juana Azurduy - ya recordados en el tomo segundo de este libro-, y junto al coronel Ignacio Warnes, el cura Muñecas y una infinita cantidad de caudillos más o menos anónimos que, a fuerza de heroicidad y sacrificios, empujaron a los realistas más allá de la línea del río Desaguadero, obligándolos a abandonar las actuales provincias del norte argentino, con el fin de proteger su propia retaguardia.
En una proclama que por entonces San Martín dirige a los pueblos del Alto Perú puede constatarse la alta estimación que el gran capitán guardaba por las dotes militares de Arenales."...El ángel de la victoria guía su estandarte- decía-; seguidle en la carrera de la independencia y de la gloria... Seguid a Arenales: ved cual vuela de triunfo en triunfo, en tanto que mi ejército sella en distinto campo de batalla la completa emancipación del suelo de los Incas".
En efecto, la larga y sacrificada lucha de Arenales y sus compañeros en la altiplanicie andina, ofreció a San Martín el respiro suficiente para retirarse a Cuyo y allí preparar minuciosamente el cruce de los Andes y luego la expedición al Perú que terminaría definitivamente con el poder absolutista en el área meridional de nuestra América.
Pero sigamos las andanzas de nuestro héroe, cuya vida, plena de episodios heroicos, parece reclamar la pluma del novelista o la cámara del cineasta nacional, ambos tan escasos en estos tiempos. Luego de retomar Chuquisaca y Cochabamba, se unirá a las fuerzas de Rondeau en un nuevo intento por expulsar a los realistas del Alto Perú. Después de la crucial derrota de Sipe Sipe (29.11.1815), encabeza la retirada hacia Tucumán, donde permanece por un tiempo.
Una vez estallada la guerra civil en el litoral, se dirige a Chile, donde San Martín, le otorga el mando de una de las divisiones del ejército con el que se apresta a invadir el Bajo Perú. Ya en territorio peruano, se va a hacer cargo de dos importantes campañas en las sierras, entre cuyas victorias más resonantes se halla la del Cerro de Pasco (6-12-1820) con la que, al decir de Mitre, “se salvaba el éxito de la expedición libertadora en su primer movimiento estratégico”.
Proclamada la independencia del Perú (1821), es nombrado gobernador de Trujillo, localidad peruana en la que se hace cargo de instruir a las tropas y de preparar la campaña destinada a liberar a Quito. “En honor a la verdad –señala Raúl Rivanera Carlés sobre este punto-, justo es recordar que los soldados argentinos lucharon no sólo por la independencia de una parte de América del Sud como erróneamente consignaron los historiadores; el alma heroica de los patriotas de Mayo y de Julio alcanzó los confines de la América del Sud, sembrando libertad y regando con sangre generosa desde el Ande al Chimborazo”. Lo cierto es que más allá de la generosidad, el coraje y el “alma heroica” de esos hombres, latía en ellos la conciencia de pertenecer a una misma patria, a ese mismo “partido americano”, del que se sentía parte San Martín. Quienes no pensaban así, las clases privilegiadas de los puertos, que veían en el separatismo la posibilidad de preeminencia de sus intereses particulares, pronto van a provocar las disensiones intestinas que llevarán al derrumbe de la unidad, ése sí nuestro gran sueño americano.
En 1822, tras la partida de San Martín del Perú – a causa de esas intrigas y disensiones de las que hablamos-, Arenales intenta mediar pero termina también alejándose. Se instala primero en Chile, donde es nombrado Mariscal de Campo, y finalmente regresa a Salta. Por razones de salud se ve impedido de participar en las batallas de Junín (6-8-1824) y Ayacucho (9-12-1824) con las que se sella la liberación americana. Posteriormente, el general Sucre le va a encomendar la extinción del último foco de resistencia realista. Se traslada al Alto Perú (teatro de sus mayores hazañas) y derrota al general Olañeta en Tumusla (1825), forjando así la definitiva independencia de nuestro continente. Por ese entonces escribe al gobierno central, advirtiéndole que “hombres sediciosos” propician en el Alto Perú su segregación de las Provincias Unidas. La burguesía porteña desoye el alerta de Arenales y finalmente, por intermedio del congreso, sanciona la desmembración, ante la sorpresa del propio Bolívar, que calificará de “inaudito” semejante proceder. Con esa actitud los hombres del clan rivadaviano afirmaban en la práctica y prospectivamente, aquella célebre frase de Sarmiento: “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”.
Entre 1824 y 1827, Arenales se va a desempeñar como gobernador de Salta. Durante su gestión, regida por el lema: “los gobiernos son para el pueblo y no los pueblos para el gobierno”, procura implementar la navegación del río Bermejo y brega por impedir la segregación de Tarija. También envió tropas para colaborar en la guerra contra el Brasil y dio a luz la primera publicación periódica salteña, “La Revista de Salta” (siete números entre 1824 y 1825), dirigida por su hijo José Ildefonso, también notable militar.
En 1827 una revuelta encabezada por José Francisco Gorriti y Dionisio Puch se propone derrocarlo como gobernador de Salta. Arenales envía una tropa de trescientos hombres al mando del Coronel Bedoya, quien se enfrenta contra una fuerza que lo triplica en número en la decisiva batalla de Chicoana, el 7 de febrero de 1827. La derrota de las fuerzas de Bedoya obliga a Arenales a emigrar a la que ya es la República de Bolivia.
Fallece en la localidad de Moraya, ese Alto Perú por cuya unidad y libertad tanto luchó, el 4 de mayo de 1831.
JUAN CARLOS JARA
BIBLIOGRAFIA
Abad de Santillán, Diego. Gran Enciclopedia Argentina, Buenos Aires, Ediar 1956.
Cutolo, Vicente Osvaldo. Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, Buenos Aires, Elche, 1968.
Galasso, Norberto. Seamos libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín, Buenos Aires, Colihue, 2000.
Mitre, Bartolomé. Historia de San Martín, Buenos Aires, Suelo Argentino, 1950.
Ramos, Jorge Abelardo. Historia de la Nación latinoamericana, Buenos Aires, Senado de la Nación, 2006.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados